Parecen mil años: La larga espera por Tokio 2020

Parecen mil años: La larga espera por Tokio 2020

30 Octubre 2020

Para este 23 de julio estaba programada la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos en Tokio, pero la pandemia quiso otra cosa y el evento tuvo que ser pospuesto para el año 2021.

Constanza Abásolo >
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Siendo los Juegos Olímpicos la única oportunidad que tenemos cada 4 años de ver por la televisión competencias deportivas femeninas, se sienten como agua en el desierto del machismo deportivo del día a día.

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Para este 23 de julio estaba programada la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos en Tokio, pero la pandemia quiso otra cosa y el evento tuvo que ser pospuesto para el año 2021.

A las mujeres nos ha costado un montón ganarnos un lugar en una de las trincheras más duras del patriarcado: el deporte. En la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos realizados el año 1896 no participó ninguna mujer; para 1900, la segunda edición en París, sólo fueron 11, es decir, menos del 1% del total de participantes. En Helsinki 1952, recién alcanzamos un 10% de participación y, en Londres 2012, un 45%, logrando equiparar a los hombres en la cantidad de disciplinas (28 en total). La maratón sólo contó con participación femenina en 1984, a diferencia de los hombres que corrieron desde la primera versión de los juegos modernos. La prueba de los 800 metros estuvo suspendida para las mujeres hasta los juegos de Roma en 1960.

Según datos de la UNESCO, sólo el 4% de todo el contenido deportivo que se genera en el mundo es sobre deporte femenino y sólo el 12% de las noticias deportivas son presentadas por mujeres. La escasa representación de las mujeres en el mundo del deporte es alarmante y no ayuda en nada a resolver el problema del machismo. Los Juegos Olímpicos son la ÚNICA forma que tenemos de ver mujeres, tanto haciendo deporte como relatando deportes. Pero, ¿por qué es tan importante la representación? Básicamente, porque si no veo, no existe; es decir, si no veo deportistas, jefas de estado, músicas, pintoras o abogadas, ¿cómo voy a llegar a pensar que es algo normal, algo que puede hacer cualquier mujer? ¿Cómo voy a deconstruir la idea del cuerpo femenino perpetuada para la satisfacción de otros y no de una, si lo único que veo en los medios de comunicación son cuerpos flaquísimos y blancos en ropa incomodísima?

La representación social para Moscovici (1961) es, en palabras simples, “un código de comunicación común con el que nombrar y clasificar de manera grupal los diferentes aspectos del mundo en el que vivimos”. Estos códigos guían, de cierta forma, nuestro actuar en la sociedad y ayudan al individuo a tener una percepción común de la realidad, además de comprender cómo ésta se compone y regula. Esta representación se transmite a través del lenguaje, de imágenes mentales asociadas al mismo y del valor que le da la sociedad en sí.

Estos símbolos y códigos sociales, la mayoría de las veces, adquieren la forma de oposiciones binarias fijas y afirman de forma categórica e inequívoca el sentido de lo masculino y lo femenino (Scott, 2008). La representación de la mujer en el deporte ayuda, sobre todo, a destruir los estereotipos que tenemos del cuerpo femenino, a entenderlo y a reformularlo. Ver mujeres con habilidades asociadas, habitualmente, al mundo de lo masculino -ser fuertes, tener músculos, transpirar, ser rápidas, levantar grandes pesos, saltar muy alto, pelear, sangrar, gritar, frustrarse- ayuda a acabar con estos estereotipos. Verlas en movimiento y, sobre todo, hacerlo con la pericia que te da el alto rendimiento, es la mejor inspiración que podemos encontrar.

Tokio 2020 serían los juegos de las consagraciones, es decir, la última oportunidad de varias atletas para quedar grabadas a fuego en los corazones de las espectadoras; para inspirar a millones de niñas alrededor del mundo, quienes, de seguro, verían por primera vez en su vida eventos como: básquetbol, fútbol, rugby, nado sincronizado, gimnasia, box y karate femeninos. Una oportunidad que no volverían a tener sino hasta 4 años más debido al dominio masculino en los medios deportivos. La deserción femenina del deporte se produce durante la adolescencia y corresponde, aproximadamente, a un 70%. Entonces, ¿cómo esperan que las niñas sigan practicando deporte si todo lo que ven y escuchan es: “tienen que ser flacas”, “los músculos son feos”, “no tienen que transpirar” o “el deporte es una cosa de hombres”? Las mujeres necesitamos tener modelos deportivos a seguir, ver mujeres empoderadas, con confianza en sí mismas, seguras en su propia piel y logrando cosas que parecen imposibles.

Por mi parte, esperaba ver a Simona Halep siendo la abanderada de Rumania y colgándose la medalla de oro en un partido épico para definir a la nueva campeona olímpica de tenis. A Simon Biles, rompiendo todos los records de la gimnasia y consagrándose como la mejor de la historia. Esperaba con ansias el regreso de Aliya Mustafina y tenía una fe ciega en su consagración como la gimnasta rusa con más medallas en la historia, para retirarse en lo más alto de su carrera. Quería ver a Shelly Ann Fraser Price (mamma rocket) demostrar que las mamás corren aún más rápido. Quería ver a Brasil ganando la medalla de oro en el fútbol femenino y a Marta colgándose, por fin, un título internacional con su selección. A Lolo Jones, que volvió del retiro porque la cita olímpica es la más grande de todas y si vas a volver debes hacerlo en grande. Quería ver a Katy Ledecky consagrarse como la mejor nadadora de distancia de todos los tiempos. Quería ver cómo Sue Bird (39 años) y Diana Tuarasi (38 años) bajaban otro oro del Olimpo para demostrar que la edad es sólo un número.

Esperaba sentarme durante 8 horas, los 17 días que iban a durar los juegos, frente a la televisión a consumir cuanto deporte femenino podía obtener. Porque 4 años es mucho tiempo y, con este año extra en el desierto deportivo, se sienten como si fueran mil más. No está demás decir que este atraso en el ciclo olímpico, por supuesto, nos hace más daño a nosotras que a ellos.

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