De la literatura a la autoayuda: El viaje de regreso al hogar

28 Octubre 2020

Yo amaba leer, pero no los libros que mi profesora de lenguaje me recomendaba. Ella veía a una aliada en mí y me prestaba sus libros de Cortázar, Borges o Mistral. Yo agradecida los leía rápidamente y se los devolvía, pero no me entusiasmaba con esos autores.

Gabriela Hill >
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Desde que tengo recuerdo amo leer y escribir. A los 4 años comencé con la curiosidad por las letras, quería que me leyeran cada letrero de la ciudad, cada anuncio y papel que llegaba a mis manos. Antes de cumplir los 5 ya leía sola. Cuando me preguntaban qué quería de regalo pedía libros, lápices y diarios de vida.

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Con la adolescencia mi autoestima se esfumó y dejé de escribir. Pero nunca dejé de leer. En clases metía mis lecturas dentro de los libros de las asignaturas para disimular. Me veía muy concentrada estudiando y si no me delataba alguna carcajada abrupta o alguna exclamación de asombro, pasaba desapercibida.

Yo amaba leer, pero no los libros que mi profesora de lenguaje me recomendaba. Ella veía a una aliada en mí y me prestaba sus libros de Cortázar, Borges o Mistral. Yo agradecida los leía rápidamente y se los devolvía, pero no me entusiasmaba con esos autores. En cuarto medio leí dos veces la colección completa de Papelucho, porque en un día leía cada librito. Roal Dahl, Michael Ende y Joanne Rowling eran algunos de los que me desvelaban. Esos libros y autores los conseguía en la biblioteca escolar. Mi madre y mis abuelas me mostraron otras lecturas; la magia de la autoayuda, que leíamos juntas mirando el mar durante las vacaciones.

Esa era yo y mi profundo amor por la lectura. Devoraba libros a una velocidad asombrosa, era la increíble niña comelibros (Ja!). Por eso decidí estudiar literatura a pesar de las recomendaciones de toda mi familia; que mi puntaje me daba para una carrera tradicional, que me asegurara estudiando algo que me diera plata, que la lectura y la escritura podían ser pasatiempos, que me iba a morir de hambre... Aun así, me matriculé en Licenciatura en Letras Hispánicas.

El día que fui a conocer la facultad entendí que tendría que disfrazarme. Me entregaron un informativo, de parte del centro de alumnos, recomendando libros que los profesores comentaban en clase como si todos los hubieran leído. Gracias a mi profesora de lenguaje conocía algunos pocos títulos. Nada de lo que me gustaba existía para la Academia, la literatura infantil, juvenil y de autoayuda eran totalmente menospreciadas. Lo peor de lo peor.

Leí a todos los autores de culto y me mezclé en la masa. Intenté adaptarme, hice amigos, pasé todos los ramos y terminé la carrera prontamente. Al salir ya me había olvidado de la que era al entrar, sentía profunda vergüenza de mi pasado y la escritura me parecía inalcanzable. Me había destruido por dentro. Maté mi autenticidad, mi pasión, mi amor propio. Adquirí junto con eso la famosa insatisfacción crónica, depresión eterna, de la adultez. Seguí leyendo mucho, ahora autores y lecturas aprobadas por las autoridades, libros premiados y nobeles.

Pero la vida es maravillosa y siempre nos ayuda a encontrar nuestro camino. Mi carrera laboral comenzó a tomar rumbo hacia la gestión cultural, las bibliotecas y el fomento lector. Luego de un par de años entré a trabajar a una fundación dedicada a estas tres áreas y aquí encontré la puerta de entrada a ese mundo de seres humanos mitad mágicos, como yo, que tienen muy vivo a su niño interior y que gozan con los libros llenos de colores. Rodeada de investigadores, mediadores, escritores, ilustradores, solté uno de mis disfraces y me permití volver a leer por gusto libros para niños y jóvenes. Al principio usaba la excusa de tener que estudiar para el trabajo, pero pronto conocí nuevos autores que me fascinaron y en mis estantes comencé a acumular nuevos libros.

Pasaron otra larga cantidad de años hasta que sentí un hastío dentro. Se me estaba terminando el plazo para cumplir un sueño, así que renuncié a todo, armé una gran mochila y salí a la carretera a viajar a dedo. Este viaje me mostró las lecturas que me faltaban.

Estaba en Cuenca, Ecuador, acostada en una hamaca mirando las nubes y sufriendo mucho. Estaba profundamente amargada luego de 6 meses de viaje. Acababa de terminar una novela tradicional ecuatoriana, la historia de una tragedia terrible, y tenía una enorme sensación de sin sentido. De pronto, en medio de lágrimas y mocos, me detuve a observarme ¿Cómo era posible que estuviera tan deprimida?, comprendí el daño que me estaba haciendo al leer ese tipo de libros. Odié la literatura y los libros, odié todo mi pasado, me juré no volver a leer más y desde ese momento reinventarme e intentar ser feliz.

Logré cumplir mi promesa poco más de un mes. En Medellín, Colombia, conocí a una mujer maravillosa, era mediadora de la lectura en la biblioteca para niños de la ciudad. Nos hicimos amigas y nos invitó, junto a mi compañero y nuestro hijo-perro, a pasar unos días en su casa antes de seguir nuestro viaje. Cuando nos estábamos despidiendo me regaló un libro, “Cartas a Wayra” de Chamalú, de Autoayuda. Lo recibí agradecida, pero una parte dentro de mí hizo una mueca de asco.

Al día siguiente abrí el libro y comencé a leerlo. Era bellísimo, me hizo feliz, me llenó de alegría, paz y confianza en la vida. Con el libro lloré y reí. Me cambió la vida. Luego lo leyó mi compañero, y luego otros amigos con los que nos fuimos cruzando en el viaje. Y entendí por qué los viajeros cargan ese tipo de libros en sus mochilas, por qué la mal mirada “Autoayuda” está en la vereda de los marginales, los raros, los indeseables y los repudiados, porque enseña a ser libre.

El canon literario, como todos los cánones, replica una estructura de poder y autoridad que existe en todas las esferas de nuestro sistema socio-económico capitalista y patriarcal. La literatura debe perpetuar nuestra condición de esclavos. Así, gran parte de los premiados y los aclamados por la academia, son los que ayudan a reproducir esta condición en sus obras, que siembran en la mente de sus lectores semillas de amargura y vacío, convenciéndoles de que no existe otra realidad ni posibilidad, que la felicidad es una ilusión. En cambio, los libros de la categoría autoayuda, tienen en común la entrega de herramientas para el autoconocimiento y crecimiento personal, están llenos de semillas de amor, dulzura, esperanza y todas las buenas intenciones imaginables.

Gracias a esta revelación, por fin me desnudé y me encontré con la niña y la adolescente que aún viven en mí. Poco a poco, palabra a palabra, las voy sanando para verme florecer.

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