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Cartas a un extraño: Mi hermano perro

09 Noviembre 2020

Simples, juguetones, inspiradores de historias, fiel amigo del ser humano. Entre todos sus títulos y cualidades, nace una interrogante: ¿podemos hablar de la humanización de las mascotas o son ellas las que nos enseñan a ser humanos?

Carlos Castillo Díaz >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Invitado

Vivimos preguntándonos por el origen de las cosas, el enigma del universo y su infinidad, la problemática de la existencia, la realidad del amor, el sentido de la vida, el fin de la muerte, así como la incansable búsqueda de la verdad, pero uno de los hechos más misteriosos que he conocido son los perros.

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Hablando con un amigo y su pareja, quienes dedican su vida a la maestranza de los perros en una academia dedicado a ese objetivo, me señalaban que los perros son animales domésticos que entienden los gestos humanos, que pueden grabarlos y comprender a qué se refieren, que su intelecto muchas veces se asemeja al de un niño, que incluso presentan un canal emocional que hace que expresen de manera inmediata su emoción (y estamos hablando de un proceso neurológico), es decir que ellos son los fieles representantes de “vivir el momento”.

Simples, juguetones, inspiradores de historias, fiel amigo del ser humano. Entre todos sus títulos y cualidades, nace una interrogante: ¿podemos hablar de la humanización de las mascotas o son ellas las que nos enseñan a ser humanos?

El génesis de mi incógnita parte de mi experiencia de vida, no como experto, si no como una persona que es responsable de sus perros. En mi familia siempre hemos tenido mascotas, a lo largo de esta experiencia he aprendido a quererlos, llamarles la atención (si es necesario), a perderlos e incluso a iniciar un nuevo vínculo con quienes se unen a la manada.

De esta manera comienza la historia de mi hermano-perro, así es, leíste bien… tengo un hermano-perro.

Mi hermano-perro es uno de los pocos perros de “raza” que hemos tenido, familiarizados solo con quiltros o mestizos, nos causó gracia que era adorador del barro y de ensuciarse más que los otros, que le gustaba más la comida de casa e incluso de la basura, aunque tuviera comida en su platito. Todo esto, nos enseñó algunas cosas de ellos. El “Motas” es un poodle, sufría de alergia en su piel si el champú no era el adecuado, no puede comer cualquier tipo de comida por un problema al páncreas y se ensucia con una facilidad única y casi irreal, lo que hace que tengamos que estar pendientes de donde está y qué hace. Lo adoptamos debido a que tuvo problemas con la familia que lo tenía en un inicio. Aunque mi madre se negó en un principio, poco a poco, él se la fue ganando.

No sé si les ha pasado, pero a veces uno duda de qué tan “animal” es el “animal”. Los seres humanos, nos jactamos de ser los seres superiores de este mundo, lo cual no solo habla de una soberbia sin límites, sino que también nos ha cuestionado realmente qué es ser un humano. Lo irónico de este hecho, es que lo descubrí gracias al Motas. Un día, lo reté porque estaba ocupado trabajando, mientras él aullaba por subirse a la cama, le grité que se fuera y que no me molestara, así que me miró, giró la cabeza, levantó sus orejas y dándose media vuelta se fue donde mi mamá.

Ella se me acercó y me preguntó qué pasó, porque el “Motitas” estaba extraño y triste, le explique que lo reté, así que ella misma lo subió a la cama mientras me decía que era un mal “hermano”, triunfante en su hazaña, el Motas me miró, movió su colita, dio un par de vueltas y se acostó apegado a mí. Me reí porque entendí lo que realmente había pasado, me había ido a acusar, la que ayer no tenía ganas de tener otro perro, hoy lo consentía como un hijo más. Ellos dos, mi madre y él, tienen un vínculo muy cercano, tanto así que ella lo toma como un hijo menor, le hace voces y habla por él con un tono más agudo e infantil cuando le dicen o hacen algo, hasta me envía mensajes de texto como si él lo hiciera.

Uno de los grandes misterios de los perros, es que a pesar de que nos conocen, a pesar de que no somos perfectos y estamos lejos de ser buenos, ellos nos aman incondicionalmente. No miran un estrato social, no les interesa tu apariencia e incluso he llegado a creer que, si existe un alma, ellos podrían verla. Ya que ni la moral social de la que tanto nos presumimos cuando hablamos de “humanidad” les afecta, ellos están ahí, simple y honestamente fieles a lo que somos, no a lo que aparentamos ser.

Y el enigma viene principalmente porque están ahí, porque nada los mueve, porque nada los aleja, porque aún en el maltrato y en la oscuridad misma de la humanidad, ellos siguen ahí, capaces de sanarse, de amarte, de seguirte…

Tengo un hermano-perro que ni siquiera sabe subirse a la cama, posiblemente lo hace para que yo lo levante o lo haga mi mamá, tengo un hermano-perro que me sigue a donde vaya y mueve su cabeza a un costado tratando de entenderme, que llora cuando no lo tomo en brazos y que, sin duda alguna, me ha hecho preguntarme una cosa: ¿es que acaso yo lo he humanizado… o él me ha devuelto la humanidad?

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