MENTE SUICIDA: Guardiángel

Salvado de milagro de una muerte segura, en la fría noche austral de Punta Arenas, Gracias Guardiángel.

Imagen de Aldo Astete Cuadra
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07 de Febrero, 2012 08:02
Dominio público

Llegar a vivir a Chiloé no fue fácil. En un principio tan sólo venía de vacaciones para estar cerca de mis padres y por esa razón no me interesaba hacerme de amigos acá, pues todo lo que necesitaba socialmente se encontraba en la ciudad de Concepción. Sin embargo, en estos meses de visita me dediqué por completo a salir de excursión por los sectores rurales de Quellón o bien a devorar los libros de la nutrida biblioteca de mis padres.

Tiempo después, tras perder el trabajo en Concepción, mi estadía en Quellón se hizo definitiva debiendo acostumbrarme a las diferencias culturales, al estilo de vida insular y a la incesantemente lluvia que se dejaba caer durante todo el año en esta zona. Todo eso cambió mi personalidad extrovertida a la de un ser melancólico.

Comencé a trabajar en lo que pude e hice algunas amistades que se prolongaron por un par de años, sin embargo, no conseguí lo que deseaba, es más, no sabía qué hacer con mi vida. El suicidio rondaba mi mente con mayor frecuencia impidiéndome proyectar un futuro agradable. Fue en ese entonces cuando decidí probar suerte en Punta Arenas, pero no me fue tan bien como esperaba y terminé trabajando como guardia de seguridad en un conocido supermercado del centro de la ciudad.

Después del trabajo, el desenfreno formó parte central de mis obligaciones diarias y en una de tantas noches australes salimos a beber con unos amigos a un lugar bastante alejado de la ciudad llamado Chabunco. Ahí bebimos como si el mundo fuera a terminar y se tratase de la última noche de juerga. Además, uno de mis contertulios, que era chilote, dio pie a una nostálgica conversación que aburrió a los demás, alejándose de nosotros para refugiarse a beber en el vehículo. Afuera, el frío era intenso, el agua nieve calaba nuestros huesos, entumeciéndonos. De pronto, el auto encendió sus luces y dobló hacia la carretera y se fue. Una ira inmensa nos invadió y luego de maldecir e insultar a sus madres y cuánta parentela recordáramos decidimos caminar lo que nos separaba de Punta Arenas.

Salimos a la carretera con bastante alcohol y frío en el cuerpo, enojados y decididos a pedir un aventón, pero no teníamos muy claro en qué dirección debíamos caminar hasta que, luego de discutirlo, avanzamos bajo el viento del Estrecho de Magallanes con el bronco sonido del oleaje a nuestro costado izquierdo y la omnipresente agua nieve empapándonos.

Varios automóviles pasaron sin hacer ni el amago de detenerse por nosotros, hasta que unas luces intermitentes nos devolvieron el alma al cuerpo, pero la alegría duró breves segundos. Reconocimos el vehículo de nuestros acompañantes y, sin pensarlo, cogimos de inmediato piedras que comenzamos a lanzar en su contra. Ellos, al ver nuestra hostil recepción, aceleraron dejando atrás nuestros gritos iracundos y el sonido sordo de las olas. Luego comenzamos a llorar y a maldecir a los fugitivos. Nuestra última esperanza se marchaba a toda velocidad para no regresar.

Desanimados continuamos caminando y bebiendo, cada vez más ebrios, cada vez más helados y cansados. Terminé una botella con un último sorbo sediento y pedí más a mi compañero, pero su mochila estaba abierta y el pisco había caído en algún lugar sin darnos cuenta. Discutimos, maldecimos y, como acto reflejo de impotencia y desesperación, la radio terminó estrellada contra el pavimento. Ya ni la música nos acompañaba, se había ido en los trozos de plástico que se desprendieron y quedaron regados en la carretera. Llevábamos un par de horas caminando, ya no hablábamos y los pies comenzaron a arrastrarse por la nieve que a esa hora precipitaba.

Al pasar junto a una playa, mi compañero bajó a ella para adentrarse al bravo mar, mientras yo lo observaba atónito. Quise detenerlo, le grité e imploré, pero ya no me escuchaba, las olas llenaban de sonidos acuosos el aire. En eso, una ola pudo acabar con todo, pasó  sobre él y lo ocultó de mi vista. Ingresé hasta las rodillas, el agua fría quemaba, ardía en mis piernas que tropezaron con su cuerpo que se dejaba arrastrar resignado. Intenté levantarlo, pero una nueva ola nos lanzó dejándonos tendidos en la playa. Qué frío sentía, qué rabia tenía y la descargué contra mi amigo, unos cuantos golpes, insultos de grueso calibre y nuevamente estábamos de vuelta en la carretera, desesperados y mojados, muertos de frío.

Pasaron otros vehículos, pero nuestro aspecto debió repeler cualquier buen corazón, comenzamos a gritar, sentíamos que esto nos daba algo de calor, por supuesto que intentamos correr y un par de duras caídas nos desalentaron. Luego de largos minutos vimos a la distancia una luz, una luz quieta que seguramente era de algún hogar, podría ser nuestra única salvación de la hipotermia. Aceleramos cuanto pudimos nuestro andar y las luces poco a poco comenzaron a multiplicarse. En nuestra locura creímos que se trataba de Punta Arenas. Sin embargo, era una pesquera, mas desde la calle no se veía movimiento en su interior, tan sólo la garita del guardia parecía tener vida. Comencé a gritar pidiendo ayuda, no había espacio para la vergüenza o el orgullo.

De pronto, como un ángel celestial un hombre de edad se acercó al portón, nos miró, nos escuchó y comprendió rápidamente la situación. Pedimos que llamara un taxi, pero esta alma caritativa nos invitó a pasar a su garita y puedo decir que sólo el ver la luminiscencia de la ampolleta me hizo sentir calor. El guardia no habló, al parecer mientras menos supiera mejor para él, sólo nos sirvió un café. Nosotros no hablábamos, nuestro temblor lo impedía así como el cansancio que nos invadió al sentir que nos habíamos salvado. El taxi tardó media hora en llegar, lo que seguramente nos quedaba de vida de no ser por nuestro guardiángel  celestial.

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